Lágrimas de ángel

11 11 2008

No siempre tengo la oportunidad de poder charlar un poco sobre algo que se salga de la tónica habitual. Por eso, una pregunta me sorprendió gratamente ayer.

¿Qué sientes cuando escribes?

Es algo que nunca me habían planteado y, siendo sincero, ni siquiera se me había pasado a mi mismo por la cabeza.

¿Qué siento cuando escribo?

Aproveché la ocasión para buscar entre las cenizas alguna que otra línea que mereciera la pena y sonreí al leer algunas de ellas, recordando la persona que era, la que quería ser, la que se suponía que debería haber sido y en la que, al final, me he convertido con los años.

Llegué a la conclusión de que la temática de mis historias no era recurrente, pero según la edad con las que las escribía se repiten los detalles.

A los 15 escribía relatos de suicidas, hombres oscuros que mataban a sus seres más cercanos sin motivo alguno, personas desesperadas, amargadas. ¿Era por entonces un suicida acobardado? No lo creo. Simplemente era un niño perdido, casi como ahora, que, tras llegar por primera ver al mundo real, tropezó con la primera piedra que encontró ante sí. Eso, unido a mi dramatismo habitual, hizo el resto.

Sin embargo, alguna de mis escrituras predilectas son de aquel entonces.

A los 18 era un pesimista con los pies en el cielo y el corazón robado. Escribía sobre la estupidez humana, la posibilidad y beneficios de nuestra propia existencia, la hipocresía y la inexistencia del verdadero amor y el dolor que produce al encontrarlo.

Otros momentos más que recuerdo con cariño, proyectos inacabados y palabras olvidadas en el tintero.

Y a los 20 os escribe un remendado viajero, que se olvido de como era transitar la senda en solitario y demasiado cobarde como para lanzarse a la aventura y evolucionar. Un perdedor perdido que intenta superar su sequía literaria a base de onanismo y autocomplacencia, aprendiendo poco a poco a no agobiarse, porque las musas son caprichosas.

Así que, respondiendo a la pregunta inicial… ¿qué siento cuando escribo? No lo sé. Cada época ha quedado reflejada a través de mi escritos ocasionales, así cómo los sentimientos que me llevaron a plasmarlos en papel.

Realmente no soy una persona diferente a la de entonces, sólo cambian la compañia, el paisaje y las situaciones. Matices que dan a mi existencia una nueva perspectiva. En el fondo soy el mismo tonto de siempre, aunque las idas y venidas me llevan a mirar con otros ojos todo lo que me rodea.

Etapas, etapas y etapas. Algo sobre lo que siempre hablo y poco aprendo.

¿Y después? Otra noche de lluvia y lágrimas. Lágrimas de ángel.

Todo este batiburrillo de ideas va dedicado a la morena que lo provocó.

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2 responses

11 11 2008
Juan Ángel

No conocía yo esa faceta literaria tuya. Yo también escribo para mí: hay situaciones en las que la prosa poética es la mejor vía de escape en esta vida… Un abrazo!

13 11 2008
Miriam

Yo creo que al final, si a los 15, a los 18, a los 20 escribes… Es porque hay algo que está en la base de todos esos cambios de registro.

Porque cuando escribes, sientes… placer. “Te presta”.

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